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lunes, 2 de mayo de 2011

La coherente irrealidad de Tolkien

El Señor de los Anillos es una novela de fantasía épica en la que la lucha entre el bien y el mal es el argumento principal. J.R.R. Tolkien cuenta la historia de Frodo Bolsón, un hobbit (criatura de baja estatura y pies peludos que vive en La Comarca) que debe recorrer la Tierra Media haciendo frente a infinidad de peligros para destruir el Anillo Único, la única manera de que el malvado Señor Oscuro Sauron recupere su inmenso poder y desencadene una guerra que acabaría con todo el mundo conocido, instaurando el reinado de las tinieblas.

El Señor de los Anillos es el clásico más clásico de la literatura fantástica. Una historia que asombra porque, a pesar de la complejidad del mundo creado por Tolkien, no presenta cabos sueltos ni inconexos. El autor ha sido capaz de crear una realidad alternativa perfectamente hilada desde los albores de su historia hasta la evolución de los últimos acontecimientos, que son los que aparecen en este libro (formado a su vez por otros tres: La comunidad del Anillo, Las dos torres y El retorno del rey). Todo tiene un por qué, un desencadenante histórico. Si no fuera porque los protagonistas son elfos, hobbits u orcos, su veracidad sería tal que parecería la historia de cualquier país de la Tierra.

Tolkien estuvo inmerso en la creación del mundo de la Tierra Media durante 60 años. Inventó razas, desarrolló 7.000 años de historia y mitología y hasta creó lenguajes con sus propias reglas gramaticales y ortográficas. De esa obsesión del autor inglés nació la perfección de la “fantasiosa realidad” de El Señor de los Anillos. A lo largo del viaje por el mapa de la Tierra Media nos encontramos con centenares de parajes que nuestra cabeza no tiene dificultad alguna en imaginar, con todo lujo de detalles, gracias a las ejemplares descripciones con las que Tolkien ilustra las páginas de su obra. Desde el color de la hierba hasta el ruido del viento al pasar entre las hojas de los árboles, la aventura de Frodo y compañía está arropada por un ambiente que consigue, aún si cabe, dar más armonía al conjunto de la historia. Pero todo esto carecería de sentido si olvidáramos el nexo de unión entre todo lo anteriormente mencionado: la virtud narrativa de J.R.R. Tolkien.

Para el lector poco avezado en lecturas de esta densidad en la trama podrá parecer un libro lento, incluso pesado, con demasiada poca acción para la fama que tiene y las expectativas que lleva implícitas. Podría ocurrir en los primeros capítulos cuando, dejados llevar por la idea preconcebida (y a menudo errónea) que las adaptaciones al cine dejan en la mente del espectador, parece que apenas hay movimiento y el conocimiento del ambiente y los personajes es el argumento de mayor envergadura. Pero a medida que el lector se va sumergiendo más y más en el mundo de la Tierra Media, cuando se convierte en un compañero más de los personajes y se siente identificado con sus ideales y objetivos, el compromiso con el libro es completo. Esos personajes tan cuidados, tan bien elaborados llevan al lector de la mano hasta sentirse parte de la trama. La complejidad del mago Gandalf el Gris, el heredero al trono Aragorn o el propio Frodo es tal que el lector acaba conociendo a ciencia cierta la personalidad de cada uno, incluso sabiendo como actuarían en tal o cual caso teniendo en cuenta sus aspiraciones, motivaciones o bajas pasiones. Están tan bien caracterizados que al llegar al desenlace de la historia, al terminar la última página, el lector siente que el largo viaje (de más de mil páginas) que ha recorrido junto a esos personajes que le parecían tan vivos no puede acabarse así de repente. Desea más.

El simbolismo en El Señor de los Anillos es continuado. Desde las referencias al catolicismo y la Biblia que el propio J.R.R. Tolkien ha reconocido (empezando por la continua lucha entre el Bien y el Mal, la misericordia o incluso la semejanza de algunos ritos con la liturgia cristiana) a otras de carácter más histórico. Es el caso de la utilización de mumakils (enormes elefantes) en la guerra, al estilo de Aníbal y sus batallones de estos enormes mamíferos en los siglos II y III a.C. O la semejanza entre el reino de Rohan y los pueblos vikingos y la de Gondor con un país occidental. Hay que destacar que, a pesar de que sea vox pópuli, ninguna de las influencias de Tolkien a la hora de escribir fue El Anillo del Nibelungo, de Richard Wagner. Tolkien ha negado rotundamente la semejanza entre ambas historias épicas: “La única semejanza entre el Anillo Único y el Andvarinaut (anillo de oro de la ópera) es que ambos son redondos”, publicó el autor inglés.

Todo esto, su cohesión, densidad y la creación de un mundo paralelo tan coherente y veraz en el que el lector no puede dejar de sumergirse, convierte a El señor de los Anillos en la cúspide de la literatura fantástica y épica del siglo XX.


 
El Señor de los Anillos: El retorno del rey, de Peter Jackson


viernes, 6 de noviembre de 2009

La cabina


Título: La cabina
Director: Antonio Mercero
Actor principal: José Luis López Vázquez
Género: Drama
Estreno: 1972
Duración: 35 minutos


La cabina es uno de los grandes clásicos de la televisión pública española. Este corto con denominación de programa (ya que fue creado en exclusiva para la televisión) es un drama con un argumento a priori sencillo, pero con multitud de interpretaciones.

La película muestra cómo un hombre se queda encerrado dentro de una cabina telefónica y le es imposible salir de ella a pesar de los esfuerzos de los transeúntes. Una acción tan cotidiana como llamar por teléfono se convierte en toda una pesadilla para el protagonista, el recientemente fallecido José Luis López Vázquez. Es incapaz de abrir la puerta, y su desesperación aumenta cuando nadie puede ayudarle. Se acaba formando un circo mediático alrededor de la propia cabina, con multitud de curiosos esperando ver en qué desemboca el asunto. Pero la puerta no se abre. Ni la fuerza, ni la maña, ni el poder de la autoridad son capaces de hacer que esta particular jaula ceda. José Luis López Vázquez consigue que la angustia que siente al estar preso sin haber cometido delito alguno, el agobio propio del que quiere huir y no puede, se transmita al telespectador que, nervioso, no puede evitar plantearse los pasos a seguir en el caso de sufrir un percance como éste. Pero el hilo racional del argumento desaparece con la llegada de los operarios que montaron la cabina: con una agilidad pasmosa y ante la atenta mirada y perpleja expresión tanto de los testigos de la “función” como del propio espectador, se llevan el objeto sin mediar palabra, lo cargan en su vehículo y se alejan de la “escena del crimen”.
Macabro desenlace
A partir de aquí las metáforas inundan la película. En el camino que sigue la furgoneta hacia el destino desconocido, José Luis López Vázquez observa el mundo con los ojos del que se marcha para no volver. Los payasos de un circo le hacen sentirse protagonista de una macabra función, los niños que juegan en el patio de un colegio le hacen recordar a su hijo, el cruzarse con otro “reo de cabina” le hace tomar conciencia de la realidad de la situación. Finalmente, la cabina es llevada a una fábrica, aunque más bien debería llamarse cementerio: el cementerio de todos aquellos que corrieron un destino similar y decidieron buscar en sus carteras algo de calderilla suelta para hacer una llamada. Llamada que no se produjo ni se produciría nunca.
Interpretaciones
Las interpretaciones de la película son múltiples y van desde ser considerada una metáfora sobre la vida política de la época (durante los años finales del franquismo) o a ser simple y llanamente un filme con aspiraciones de película de terror. Lo que está claro es que, individuo que la ve, individuo que no puede evitar pensar sobre ella, sobre su significado, sobre sí mismo en el papel de José Luis López Vázquez. Esta es una de las razones que la han convertido en un clásico (y que la ha dado el premio Emmy): No es sólo una forma de pasar el rato, es un despertador de la conciencia y activador de los pensamientos del individuo a partir de lo más simple del mundo: una cabina de teléfono.