miércoles, 25 de mayo de 2011

22-M: Escarmiento al socialismo

Las elecciones del pasado 22 de mayo no han hecho más que poner de manifiesto lo que apuntaban todas las encuestas: la debacle socialista en toda España, de la que el Partido Popular ha salido beneficiado en forma de votos, escaños y presidentes autonómicos.

La crisis económica y los cinco millones de parados han relegado al Partido Socialista a un segundo plano dentro del panorama político español. Los votantes han castigado al partido del Gobierno por la gestión de su líder, José Luis Rodríguez Zapatero. Así, los socialistas han perdido feudos históricos como Castilla La Mancha, Sevilla o Barcelona, y han jugado con fuego en otros como Extremadura, donde se despiden de la mayoría absoluta. Quien no ha recibido castigo alguno ha sido el PP. Mientras que el PSOE ha perdido casi millón y medio de votos, los populares se han visto reforzados con 400.000 papeletas más a pesar de los escándalos de corrupción en los que se han visto envueltos. De esta forma, el principal partido de la oposición gobierna en 11 de las 13 autonomías en las que se presentaba, obteniendo la mayor cuota de poder territorial conocida en toda la democracia. Y todo ello a costa de los socialistas, que nunca habían obtenido cifras tan bajas.

La decisión de Zapatero de comunicar en el Comité Federal del PSOE que no se presentaría a las elecciones generales de 2012 no ha dado los frutos deseados. El desgaste de los socialistas ha podido más que las expectativas de futuro y las promesas de cambio. Rajoy y los suyos convirtieron los comicios en una cuestión de confianza para el Presidente del Gobierno, y se han visto respaldados en sus tesis por la ciudadanía, razón por la cual no cesan en su empeño de convocar elecciones anticipadas (continuando así con el discurso que iniciaron hace meses). El PP sale muy reforzado de las autonómicas y municipales, cayendo incluso en el error de que ocupar la Moncloa el próximo marzo va a ser pan comido. Por su parte, los socialistas deben enfrentarse a otro problema antes de afrontar las generales: designar al sucesor de Zapatero. El Presidente del Gobierno manifestó su deseo de convocar unas primarias dentro del partido para elegir democráticamente al nuevo “cabeza de serie” de los socialistas. Todo apunta a que serían Alfredo Pérez Rubalcaba y Carme Chacón los contendientes de esta lucha interna. Pero en el PSOE deberían valorar si les conviene meterse en una “guerra civil” que les minaría e incluso, si se vuelve especialmente combativa, degenerar en más descrédito para el partido. La opción óptima sería mostrar cohesión y unidad ante el enemigo común, que es el Partido Popular. Esto se conseguiría o bien estableciendo una candidatura conjunta entre los dos candidatos o bien llegando a acuerdos internos, pero siempre con transparencia y respetando los preceptos del partido. Nunca recurriendo a la “dedocracia”.

La corrupción sale indemne
Los votantes del Partido Popular han absuelto a Francisco Camps de todas sus culpas. El popular no se ha visto afectado por los escándalos de corrupción en lo que se haya envuelto, y los valencianos le han recompensado con la mayoría absoluta. A consecuencia de esto cabría preguntarse, ¿utilizan el mismo rasero los votantes de izquierdas que los de derechas? David Valadez, anterior alcalde socialista de Estepona, se ha visto sancionado en las urnas por estar implicado en maniobras corruptas. Por otra parte, en Andalucía, los ciudadanos han castigado a los socialistas por el escándalo de los ERE. Pero en Madrid y la Comunidad Valenciana, bastiones claramente populares, los imputados han salido indemnes y, por sorprendente que parezca, reforzados. Llegados a este punto solo cabe rescatar la indignación del señor José Mourinho tras el partido de ida de la Liga de Campeones contra el Barcelona y exclamar: ¿Por qué?

En la capital, la derecha combativa y radicalizada de Esperanza Aguirre sigue siendo plato de buen gusto para la mayoría de los madrileños. Tomás Gómez, otrora el alcalde más votado de España, ha obtenido un profundo descalabro para el Partido Socialista en la Comunidad. Alberto Ruiz Gallardón ha renovado su mayoría absoluta en el Ayuntamiento, aunque el porcentaje de votos demuestra claramente que, hoy por hoy, se ve superado por Esperanza Aguirre en popularidad e influencia, lo que le colocaría a la cola en el caso de producirse una pugna electoral en las elecciones generales.

Las alternativas al bipartidismo
Francisco Álvarez Cascos ha dado la campanada en el Principado de Asturias al colocar al recién nacido FAC (Foro Asturias Ciudadanos) como fuerza con mayor número de escaños. El que fuera ministro de Fomento con José María Aznar podrá presidir el Principado si logra el apoyo de los que, hasta hace unos meses, eran sus compañeros de partido. Paradójico que sean los populares los que le puedan conceder este premio cuando el año pasado se negaban en rotundo a permitir que Álvarez-Cascos fuera su cabeza de lista (lo que le llevó a abandonar el PP y fundar FAC).

Bildu se ha erigido como protagonista absoluto de los comicios en el País Vasco. Tras su polémica legalización, la formación abertzale se ha convertido en la segunda fuerza política de Euskadi, sólo por detrás del PNV. Esta circunstancia deja un lugar para la esperanza: el pueblo vasco opta por la vía pacífica y política, descartando cualquier tipo de violencia, lo cual puede suponer un paso de gigante para la desaparición de la banda terrorista ETA.

Disconformidad no, gracias
El sistema democrático presenta un enorme agujero en su conformación. La participación ciudadana en las elecciones del pasado domingo se incrementó, al igual que los votos nulos o en blanco. Estas papeletas, que representan la disconformidad de los ciudadanos con todas las opciones políticas vigentes, serían la cuarta fuerza política española, por detrás de PP, PSOE e Izquierda Unida, y por delante de CiU, UPyD o el PNV. Es destacable que con tal descontento social, todos estos ciudadanos carezcan de representación en los parlamentos autonómicos y, lo que es peor, se haga oídos sordos a sus quejas.

lunes, 2 de mayo de 2011

La coherente irrealidad de Tolkien

El Señor de los Anillos es una novela de fantasía épica en la que la lucha entre el bien y el mal es el argumento principal. J.R.R. Tolkien cuenta la historia de Frodo Bolsón, un hobbit (criatura de baja estatura y pies peludos que vive en La Comarca) que debe recorrer la Tierra Media haciendo frente a infinidad de peligros para destruir el Anillo Único, la única manera de que el malvado Señor Oscuro Sauron recupere su inmenso poder y desencadene una guerra que acabaría con todo el mundo conocido, instaurando el reinado de las tinieblas.

El Señor de los Anillos es el clásico más clásico de la literatura fantástica. Una historia que asombra porque, a pesar de la complejidad del mundo creado por Tolkien, no presenta cabos sueltos ni inconexos. El autor ha sido capaz de crear una realidad alternativa perfectamente hilada desde los albores de su historia hasta la evolución de los últimos acontecimientos, que son los que aparecen en este libro (formado a su vez por otros tres: La comunidad del Anillo, Las dos torres y El retorno del rey). Todo tiene un por qué, un desencadenante histórico. Si no fuera porque los protagonistas son elfos, hobbits u orcos, su veracidad sería tal que parecería la historia de cualquier país de la Tierra.

Tolkien estuvo inmerso en la creación del mundo de la Tierra Media durante 60 años. Inventó razas, desarrolló 7.000 años de historia y mitología y hasta creó lenguajes con sus propias reglas gramaticales y ortográficas. De esa obsesión del autor inglés nació la perfección de la “fantasiosa realidad” de El Señor de los Anillos. A lo largo del viaje por el mapa de la Tierra Media nos encontramos con centenares de parajes que nuestra cabeza no tiene dificultad alguna en imaginar, con todo lujo de detalles, gracias a las ejemplares descripciones con las que Tolkien ilustra las páginas de su obra. Desde el color de la hierba hasta el ruido del viento al pasar entre las hojas de los árboles, la aventura de Frodo y compañía está arropada por un ambiente que consigue, aún si cabe, dar más armonía al conjunto de la historia. Pero todo esto carecería de sentido si olvidáramos el nexo de unión entre todo lo anteriormente mencionado: la virtud narrativa de J.R.R. Tolkien.

Para el lector poco avezado en lecturas de esta densidad en la trama podrá parecer un libro lento, incluso pesado, con demasiada poca acción para la fama que tiene y las expectativas que lleva implícitas. Podría ocurrir en los primeros capítulos cuando, dejados llevar por la idea preconcebida (y a menudo errónea) que las adaptaciones al cine dejan en la mente del espectador, parece que apenas hay movimiento y el conocimiento del ambiente y los personajes es el argumento de mayor envergadura. Pero a medida que el lector se va sumergiendo más y más en el mundo de la Tierra Media, cuando se convierte en un compañero más de los personajes y se siente identificado con sus ideales y objetivos, el compromiso con el libro es completo. Esos personajes tan cuidados, tan bien elaborados llevan al lector de la mano hasta sentirse parte de la trama. La complejidad del mago Gandalf el Gris, el heredero al trono Aragorn o el propio Frodo es tal que el lector acaba conociendo a ciencia cierta la personalidad de cada uno, incluso sabiendo como actuarían en tal o cual caso teniendo en cuenta sus aspiraciones, motivaciones o bajas pasiones. Están tan bien caracterizados que al llegar al desenlace de la historia, al terminar la última página, el lector siente que el largo viaje (de más de mil páginas) que ha recorrido junto a esos personajes que le parecían tan vivos no puede acabarse así de repente. Desea más.

El simbolismo en El Señor de los Anillos es continuado. Desde las referencias al catolicismo y la Biblia que el propio J.R.R. Tolkien ha reconocido (empezando por la continua lucha entre el Bien y el Mal, la misericordia o incluso la semejanza de algunos ritos con la liturgia cristiana) a otras de carácter más histórico. Es el caso de la utilización de mumakils (enormes elefantes) en la guerra, al estilo de Aníbal y sus batallones de estos enormes mamíferos en los siglos II y III a.C. O la semejanza entre el reino de Rohan y los pueblos vikingos y la de Gondor con un país occidental. Hay que destacar que, a pesar de que sea vox pópuli, ninguna de las influencias de Tolkien a la hora de escribir fue El Anillo del Nibelungo, de Richard Wagner. Tolkien ha negado rotundamente la semejanza entre ambas historias épicas: “La única semejanza entre el Anillo Único y el Andvarinaut (anillo de oro de la ópera) es que ambos son redondos”, publicó el autor inglés.

Todo esto, su cohesión, densidad y la creación de un mundo paralelo tan coherente y veraz en el que el lector no puede dejar de sumergirse, convierte a El señor de los Anillos en la cúspide de la literatura fantástica y épica del siglo XX.


 
El Señor de los Anillos: El retorno del rey, de Peter Jackson